miércoles, 29 de junio de 2016

Capítulo VII (Alisse)


Alisse empezó a buscar cintas de cuero entre las pilas de casas que había visto más de una vez, así que decidió ir a una de las habitaciones, que no era demasiado grande pero tampoco pequeña, en la que había una cómoda ligeramente carcomida por las termitas debido al paso del tiempo. Alisse sabía exactamente dónde estaban las tiras de cuero en la cómoda, optó por coger dos tiras largas para así poder ajustarla como les resultase mejor. Empezó a abrir el resto de cajones para revisar su contenido, el primero estaba vacío, en el segundo encontró una especie de diario con una muñeca de trapo, y en el tercero vio algo envuelto en papel blanco. Sin mucha vacilación retiró el papel para encontrar una prenda de color azul marino, su curiosidad característica la empujaba a sacarlo y averiguar qué era exactamente.
Al sacarlo vio ante ella un hermoso vestido largo y algo ajustado. Decidió que que él no era el momento de probarlo pero que más tarde lo haría,así que lo guardó de nuevo y se puso a buscar en el resto de la habitación. Cerca de una pequeña mesilla encontró unos zapatos negros en bastante buen estado.
A los pocos segundos oyó llegar a Patrick, se acercó a la entrada a recibirle y se paró en seco al verle. No parecía él. Llevaba un hábito de monje y una bolsa de cuero en una mano. Aflojó la cuerda que usaba de cinturón, cayó otro hábito doblado y se retiró la capucha mostrando su rostro.
-Hola enana -le dijo tranquilamente -Seguro que pensaste que no era yo.
-Tonterías -dijo Alisse hinchando los carrillos y girando la cabeza.
Aunque Alisse no sabía lo que les estaba ocurriendo últimamente sentía como si sus sentidos se agudizasen, además de que también sus marcas y el ojo del hombre eran inquietantes. Alisse tenía miedo, parecía como si desde que nacieron hubieran estado malditos, o incluso desde antes, aunque las cosas siempre les fueron mal y sus vidas eran difíciles, últimamente todo había empeorado considerablemente. Ninguno de los dos había llegado a conocer a sus padres, o al menos no les recordaban, desde siempre habían luchado por sobrevivir, y aún así, ahora era la primera vez que de verdad tenía miedo. Alisse incluso llegó a tener la sensación de que alguien les buscaba aunque no sabía porqué, siempre se sentía observada, sobretodo las pocas veces que salía; cada vez odiaba más la vida que llevaban, no tenían a nadie que les protegiese ni se preocupase por ellos, les costaba salir adelante, siempre vivían en lugares derrumbados o abandonados, la gente les despreciaba, ni siquiera tenían la educación de ayudarles jamás ni darles, tampoco, ni una triste limosna para comprar algo de comida.
Alisse fué a una cama que aún tenía un aspecto algo decente porque se encontraba más cansada de lo normal sin saber muy bien el motivo, ya que se le cerraban los ojos, tras encontrarla se tumbó sin ninguna manta ni nada parecido por encima e inmediatamente se quedó profundamente dormida y volvió a aparecer el lobo. La condujo a una iglesia en ruinas en dónde un anciano la esperaba que nada más verla sonrió amistosamente.
-Me alegro de que Amina te trajera hasta mí, jovencita -le dijo el anciano.
-¿Amina? ¿Quien es Amina? -le preguntó ella confusa.
-Es, justamente, esa loba plateada, que también es tu protectora.
-¿Protectora? -dijo Alissse mirando al lobo con extrañeza -¿Y porqué motivo me ha traído?
-Lo irás descubriendo a su debido tiempo -le respondió.
Entonces sintió una brisa en la mejilla como una caricia o un suave beso, y esa brisa después la cubrió casi por completo, como si le tapasen. Momentos después, el anciano y Amina comenzaron a desaparecer y todo se oscureció.
Sintió entonces, como si algo se despertase en su propio interior, le llegó dándole un nuevo aliento, fuerzas, valor y esperanza.

lunes, 27 de junio de 2016

Capítulo VI (Patrick)


Pasaron dos días y aquel extraño hombre y su perro aún no había vuelto, mientras que Patrick, increíblemente, y a estaba recuperado por completo. Él y Alisse llevaban desde el incidente pensando en qué podían hacer.
-Lo primero -dijo Patrick -debería ser llevar algo siempre encima con lo que defendernos. Tú, por ejemplo, tuviste que correr desde la biblioteca hasta aquí porque no tenías con qué defenderte.
-Podemos usar las maderas del otro día, al menos por ahora, y para llevarlas...no sé... quizás podríamos buscar unas tiras de cuero o unas cuerdas -dijo Alisse pensativa -creo que hay algunas por aquí.
-Busquemoslos -dijo Patrick -de todas formas llamarían mucho la atención, aunque sé cómo solucionarlo. Busca las tiras de cuero, y ten cuidado por si vienen mientras no estoy. Espero no tardar.
-De acuerdo -dijo Alisse buscando en los cajones de los pocos muebles que había y entre los restos que habían ido acumulando.
Patrick salió silenciosamente del edificio y tras revisar que no había nadie observándole, emprendió una silenciosa carrera por la calle en dirección al único río que había en toda la ciudad. Cruzó por el puente, siempre atento, y observando cuidadosamente.
No tardó mucho en llegar ante el monasterio cuya campana sonaba y se hacía escuchar en toda la ciudad, señalando el inicio de las oraciones de la mañana. Patrick sabía que aquel monasterio contaba con una puerta trasera que casi nunca se usaba, sobretodo, durante las oraciones, no era la primera vez que entraba a hurtadillas, ni tampoco sería la última.
Mientras la gente entraba, los monjes permanecían distraídos o observándoles y hablando con ellos, por lo que Patrick aprovechó para llegar a la puerta trasera del monasterio. Abrió la puerta y entró sin hacer ruido alguno. Todo estaba en penumbra, en cambio, él veía todo tan fácilmente como a la luz del día, por alguna razón siempre había visto perfectamente en la oscuridad.  La sala en la que se encontraba era pequeña, concretamente era una pequeña cocina, echó un vistazo por encima y no vió nada interesante. Antes de nada, cogió una bolsa de cuero, la llenó de alimentos y algunos odres de agua, después, una vez llena, la dejó junto a la puerta.
Repasó mentalmente la distribución de los cuartos, los había memorizado en su última visita. Cuando recordó donde estaba lo que había ido a buscar, abrió silenciosamente la puerta, y salió al pasillo. No había nadie en el corredor, le llegaban los ecos de las oraciones provenientes del salón central. Siguió caminando por el pasillo, siendo especialmente silencioso al pasar por delante de las puertas. Pasó la primera, segunda, tercera, y entró en la cuarta, pegando la oreja en la puerta antes para asegurarse de que no había nadie.
Cerró la puerta tras de sí y se abrió el primero de los cuatro armarios que había, dos a cada lado. Sacó un hábito con capucha y se lo puso, luego sacó otro y lo dobló para esconderlo bajo el que llevaba puesto. Se colocó la capucha ocultando completamente su rostro y anudó fuertemente la cuerda que hacía de cinturón. Ya tenía lo que había ido a buscar así que volvió a la cocina, solo que ahora había una anciana monja cocinando de espaldas a la puerta.
Pasó por detrás de ella, cogió la bolsa de cuero y salió rápidamente por la puerta.
Inmediatamente escondió la bolsa bajo el hábito y se mezcló entre la gente que salía en procesión del monasterio. No podía creer en su suerte cuando la gente cruzó el puente, momento en el que se separó de la muchedumbre y emprendió la vuelta al orfanato, seguro de que nadie le prestaba atención.

Capítulo V (Alisse)

Alisse pensó que al estar en la habitación como Patrick le había dicho que se escondiera, estaría segura. Para su sorpresa, el perro la había seguido.
Seguía ladrando como cuando se lo había cruzado en la calle y tenía la impresión de que su ojo izquierdo, ahora el único, de alguna forma, brillase. Había algo en él que le ponía los pelos de punta.
De repente, Alisse sintió algo en su interior, no sabía que era, a lo mejor el miedo a aquel perro que tanto miedo le daba, de repente miró para la sombra de Alisse y se produjo un repentino y sorprendente cambio en él. Ahora parecía que el perro le tenía miedo a ella, inmediatamente se marchó por el lugar del que había venido.
Intrigada por lo sucedido, lo siguió sin dejar que él se diera cuenta. Le siguió hasta la entrada trasera del orfanato, su amo lo esperaba junto a la puerta abierta. Al llegar a su lado, el hombre lo acarició y Alisse se fijó en él. En su cara. Ahora aquel hombre ya no tenía ojo izquierdo, en su lugar había una extraña marca. Alisse supo que era imposible que fuera casualidad.
Alise maldijo una y mil veces su torpeza, en aquel momento, al tropezar con una tabla.
-¿Ya te has levantado? -preguntó el hombre sin inmutarse -¿O quizás la niña ha salido de su escondite?
Entonces intentó no volver a hacer ruido alguno, por lo que cuidadosamente esperó a que se marchase lo más pronto posible. Poco tiempo después oyó cómo el hombre y su perro se marchaban de allí, hacia la calle.
De todas formas antes de ir en busca de Patrick, Alisse decidió comprobar que se habían ido, sólo por asegurarse, y se asomó ligeramente. Doblaban la esquina cuando ella sacó la cabeza, también vió que, sorprendentemente, en el tejado del orfanato había resistido algo de nieve que acababa de caer ahora al suelo. El frío había permitido que no se derritiera. Alisse entró de nuevo y volvió a la habitación dónde se habían separado, y allí lo encontró. Con un ojo morado e inconsciente, pero vivo. Le llevó, o más bien lo arrastró, hasta un colchón y le dejó allí para coger algo de la nieve que había visto fuera y usarla para bajar la hinchazón del ojo, por desgracia no tenía nada para curar la herida de la cabeza, así que usó la nieve también. Le puso nieve en el ojo con varios trozo de sábana rota para evitar que le quemase , la nuca, la frente, y alrededor de la herida . Después salió a la calle en busca de algo que pudiera usar para curar sus heridas, por desgracia sólo se le ocurrió un sitio dónde buscar, donde cogían todo, el basurero.
No tardó demasiado en llegar, enseguida se puso a rebuscar rápida, pero cuidadosamente. Había un montón de cosas inútiles, y sobretodo, parte rotas de cosas que no supo decir qué eran.
Después de remover durante horas, encontró un pequeño bote de lo que parecía ser un ungüento debajo de un montón de basura, apestaba pero tenía escrito algo sobre el tratamiento de heridas, por lo que Alisse no dudó en usarlo.
Fue rápidamente de vuelta al orfanato, aún faltaba una hora o dos hasta el anochecer pero quería que hubiera suficiente luz cuando tratara a Patrick sin tener que encender una hoguera.
Al llegar de nuevo, fué rápidamente hasta Patrick y le aplicó inmediatamente, y sin pensar, el ungüento. Aún así, su preocupación por él aumentaba poco a poco. Cuando terminó, se recostó en el colchón junto a él al tiempo que se le iban cerrando los ojos debido al sueño y a lo vivido en aquel ajetreado día. Antes de acostarse, Alisse le tapó con una manta algo roída y ella con la otra que tenían, no sería gran cosa pero aún así serviría. A pesar de que su posición no era la correcta, el sueño terminó por vencerla.
Al día siguiente sentía como si la estuvieran zarandeando con fuerza agarrándola del brazo mientras le hablaban.
-Vamos, Alisse, despierta.
-¿Se puede saber qué ocurre Patrick? -dijo desperezándose, y cuando terminó de desperezarse vió a Patrick con el ojo bastante mejor y sonriendo. Entonce se abalanzó sobre él para abrazarlo -¡Que bien, ya estás mejor! Menudo susto me diste.
-Tranquila, estoy bien. -le contestó.
-Pensé que te había pasado algo más grave -dijo preocupada -es decir, parecía que te había dado una buena paliza.
-Sólo tengo un pequeño golpe, tampoco hay que preocuparse tanto por ello -dijo restándole importancia.
Alisse se enfurruño al oírle decir eso. A su ver, Patrick se comportaba como un niño pequeño, aún así era como un hermano mayor, lo que quería era decirle una cosa importante.
-Patrick, tengo que decirte algo -Alisse se acercó un poco.
-Dime -le contestó.
-Yo...bueno quería decirle que soy yo la que tiene las hojas del libro sobre los sueños -Alisse estaba algo preocupada por su reacción.
-¿Cómo sabes que las buscaba? -le pregunto él perplejo.
-Pues…-en ese momento Alisse se dió cuenta de que no sabía como lo había averiguado, pero así era. -Ni idea.
-De todas formas…¿Por qué las ocultaste? ¿Y por qué las cogiste? -dijo algo enojado y molesto.
-Porque tuve algunos sueños extraños sobre un animal, durante bastante tiempo y tenía miedo tanto de los sueños como de qué pensaras que yo era un bicho raro o algo así. -dijo preocupada.
-Tonta -dijo Patrick sonriendo y dándole un abrazo -Yo también he soñado cosas raras, así que si tú eres un bicho raro, yo también. Venga no te preocupes, juntos averiguaremos lo que significan ¿De acuerdo?
-De acuerdo -dijo Alisse abrazándolo de nuevo y sonriendo como una niña pequeña.

Capítulo IV (Alisse)


Una vez en el orfanato no había ni rastro de Alise. ¿Dónde se había metido? Fue hasta dónde solían el fuego, para dejar la madera, y comprobó que no había pasado por allí. Cogió de nuevo el saco y salió al exterior.
Seguía haciendo frío, pero no tanto como antes. Respiró hondo y sonrió, estaba siendo un buen día, tenía la sensación de que todo iba a ir bi…
-¡Patrick! –la voz de Alise le llamó e inmediatamente él se giró hacia la dirección de la que procedía.
Ella venía corriendo lo más rápido que podía, parecía a punto de quedarse in aire, y detrás de ella venía un perro persiguiéndola, el cual parecía bastante peligroso. Y por desgracia para ella la estaba alcanzando.
-¡Abre la puerta! –gritó Alisse.
Patrick la abrió y la cerró tras ellos. A los pocos segundos oyeron al perro chocar contra la puerta.
-Ahora podemos respirar tranquilos. –dijo Patrick, miro a Alisse -¿Por qué te perseguía?
-No lo sé. Fui a la biblioteca, el tipo de allí me vio salir y luego ese perro me perseguía –mientras lo decía oyó romperse el cristal. –Dime que no ha entrado.
-No ha entrado. –Patrick la miró –Pero creo que sí.
-¿Entonces porque dices que no? –le dijo agarrándole el brazo y colocándose tras él.
-Tú me lo pediste –Sonrió ligeramente –Vayamos a donde solemos encender el fuego. Dejé antes unas tablas allí, podemos usarlas para defendernos, creo…
Despacio avanzaron hasta la puerta que tenían a la derecha, estaba abierta, como siempre. Tenían los oídos bien atentos a cualquier ruido que pudieran oír del resto del edificio. Llegaron hasta el saco de la habitación, sin oír ningún ruido ni ver al perro que había perseguido a Alisse hasta allí.
Alisse cogió una tabla bastante larga con dos manos, mientras que Patrick cogió una barra de madera que parecía haber formado parte de una valla o una barandilla. Se puso en pie y miró a su amiga, había una sombra tras ella. Inmediatamente la agarró y la puso tras él. Había un hombre allí, sus ojos verdes brillaban tremendamente en la sombras, mientras se acercaba despacio a ellos.
-¿Tu perro te ha conducido aquí? –preguntó Alisse asustada.
-¿Es él? –Patrick acercó otra madera, similar a la que tenía, con el pie y la alzó con el pie para cogerla en el aire. –Más vale que te vayas de aquí.
El hombre soltó una carcajada antes de quitarse los guantes, mostrando unas afiladas uñas, y guardarlos en un bolsillo. Hizo estallar sus dedos y movió un poco los hombros.
-No recuerdo la última vez que un humano se atrevió a amenazarme, y aún encima, no sois más que unos críos. Menuda pérdida de tiempo.
-Alisse –susurró Patrick –Escóndete en otra habitación. Tengo la sensación de que está solo.
-¿Y el perro? –preguntó asustada.
-No parece estar. Si estuviera, sería junto a su amo. Además, ahora puedes defenderte de ese saco de pulgas.
-Espero que tengas razón. –Alisse salió corriendo de la habitación por otra puerta y se dirigió arriba.
-Debería ocuparme de ella. –se tapó el ojo izquierdo con una mano y susurró algo, cuando la quitó, ya no había ojo aunque la mano estaba vacía. –No tardarán en hacerse cargo de tu amiga.

Patrick estaba preocupado y extrañado aunque tenía el presentimiento de que si le dejaba ir, les traería problemas, sobre todo a Alisse. No podía dejarle llegar hasta ella. El hombre rió y su ojo brilló tenuemente antes de que un rápido puñetazo lanzara volando a Patrick contra la pared.

miércoles, 15 de junio de 2016

Capítulo III (Patrick)


Patrick rebuscaba entre la basura algo que pudiera ser útil o, lo que ya sería mucho pedir, una puerta para el sótano. En el vertedero había de todo y no era la primera vez que encontraban una puerta pero...eran demasiado pesadas para ellos. La última la vieron hace tres o cuatro años más o menos. Ahora...podrían llevarla aunque tendrían que parar a descansar alguna vez.
De todas formas, Patrick también había llevado un saco, necesitaban madera para no congelarse de frío. Metió un par de tablas y siguió buscando por encima de los montículos de basura. Realmente no era un vertedero propiamente dicho, antes había sido un parque, pero alguien había vaciado su basura allí por lo cual la gente dejó de ir, y como nadie se ocupó de retirarla, se repitió innumerables veces y a día de hoy...es un vertedero. Todo el que desea librarse de algo, lo tira aquí.
Patrick había visto libros también, incluso alguno sobre demonología, aunque no lo había cogido, le parecía interesante sin saber porqué, pero no lo había cogido. Lo dejó donde estaba, sin tocarlo. Siguió deambulando hasta tener medio lleno el saco, entonces vió una puerta, y sin dudarlo se acercó a ella. Era una buena puerta, de madera gruesa, pomo de plata.
-¿Qué hace una puerta como esta aquí? -se preguntó mentalmente. -Es demasiado  buena para ser considerada basura.
-Nadie quiere puertas a lugares peligrosos -le dijo una voz en su mente. Era una voz que no conocía, era casi como un graznido. Pero Patrick no le dió importancia, supuso que se lo había imaginado e intentó mover la puerta. Era sorprendentemente ligera, pesaba la mitad de lo que debería, aún así no podía llevarla al orfanato él sólo. Miró alrededor y escogió un rincón para esconderla, no importaba aunque se manchara. Ya tendrían tiempo de limpiarla.
Se preguntó por qué Alisse no estaba ya allí. Decidió llenar el saco e ir a vaciarlo al orfanato. Así cuando volviera con Alisse, podría llevarlo de nuevo. Empezó a recorrer el vertedero buscando toda la madera posible, y en medio de esa búsqueda encontró algo que le llamó la atención.
-Anda...das cosas inesperadas en un día. Es un buen día para los hallazgos. -Se metió el objeto en el bolsillo y terminó de llenar el saco. Una vez lleno, se dirigió al orfanato de nuevo.

Capítulo II (Alisse)


Alisse salió al frío de la calle completamente embutida en su abrigo. Miró hacia ambos lados y comenzó a caminar alejándose del ruinoso edificio. No había ni una sola persona en la calle, cosa que no era de extrañar con aquel frío, todos estarían con sus familias, juntos ante un fuego que calentase sus huesos. Aquel pensamiento entristeció a Alise, ella y Patrick eran huérfanos y solo se tenían el uno al otro, aunque él siempre la había cuidado y entre los dos solían encontrar, con algo de esfuerzo, comida suficiente para sobrevivir.
Por suerte no había suficiente frío como para que nevase pero muchas calles estaban parcialmente inundadas, Alisse no era demasiado alta y los charcos le llegaban hasta el tobillo empapándose los pies, mientras el aire le congelaba la punta de la nariz, que el abrigo no cubría, y provocaba que su larga y lisa melena dorada ondease al viento. Por suerte era un poco más delgada que Patrick lo que le permitía llevar un par de prendas de ropa extra bajo el abrigo. Los azules ojos de Alisse buscaban sin descanso los lugares con menos agua de la calle, de todas formas, cuando volviera al orfanato tendrían que encender un fuego para secar las ropas.
Alisse siguió avanzando por la calle hasta que vio al final de la calle su objetivo, la biblioteca de Póveron, el único lugar en el que se podía leer en paz y al abrigo de los elementos. Aunque la última vez que había ido por allí, no pudo entrar. El hombre de la puerta detestaba a la gente pobre, y si él no te lo permitía, no podías entrar. Tendría que buscaba otra forma de entrar, quizás...la puerta de atrás, si la hay.
Despacio, y manteniéndose fuera de la vista del hombre de la puerta, rodeó el edificio hasta la parte trasera de la biblioteca, y allí su plan se fue por el desagüe. No había ninguna puerta. Tenía que haber una forma de entrar.
Alisse buscó desesperadamente alguna otra opción, tan sólo había una ventana pero estaba a unos tres metros de alto aproximadamente. ¿Como podía llegar allí? No había manera, Alise se puso a buscar algo que le permitiese llegar allí.
Después de mucho rebuscar entre los trastos de aquel callejón, encontró varios tubos de bambú, seguramente estarían allí desde que fueron cortados el año anterior en el parque al lado de la biblioteca. Deberían de haberlos quemado o reutilizado, por una vez, Alisse se alegró de las pocas ganas de trabajar de los encargados. Buscó uno de longitud adecuada y lo apoyó despacio en el alfeizar, y enterró la base en la tierra para conseguir que estuviera firme. Una vez hecho, comenzó a trepar despacio con cuidado de no caer, una vez arriba, entró cuidadosamente y sin hacer ruido por la ventana del segundo piso.
Primero observó por si había alguien que hubiera podido verla, pero el piso estaba completamente vacío. Perfecto para ella. Fue hasta una pizarra y usó el trapo que había junto a ella, y que servía para borrarla, para limpiarse los zapatos y las huellas que había dejado, tras lo que lo metió en uno de los bolsillos. No podía dejarlo allí.
Buscó una mesa lejos de la escalera y dónde no fuera muy visible para quien subiese pero de modo que ella si que pudiera verles, o al menos para que les viese primero. Se sentó allí sin hacer ruido y sacó unas hojas dobladas que tenía en el bolsillo. Páginas de un libro, un libro sobre la interpretación de los sueños. no le había dicho a Patrick que lo había cogido, de todas formas dudaba que se diera cuenta.
Recorrió las páginas buscando un animal en concreto, el lobo. Los últimos cinco años, es decir, desde que tenía doce, había tenido sueños con un lobo. El lobo tenía sus mismos ojos, y un pelaje plateado. Al contrario de lo que cabe pensar, el lobo no la atacaba, más bien era dócil, dejaba que ella le acariciase el pelaje y la guiaba a través de un bosque. Por desgracia, en las hojas no ponía nada que le ayudase a entender sus sueños. De pronto vio en la pared la sombra de un lobo. Estaba señalando hacia el comienzo de las escaleras en el primer piso, fue extraño pero a pesar de ello Alisse y se asomó a las escaleras despacio y por el rabillo del ojo vio como el hombre que nunca la dejaba entrar se dirigía a las escaleras. Rápida, pero silenciosamente, avanzó hacia la ventana y descendió de nuevo usando el mismo método que usó para subir y que no había retirado ya la ventana abierta... Se había puesto nerviosa y había olvidado tantas cosas por lo que podrían descubrirla que fue inevitable.
Se dio la vuelta y metió las manos en los bolsillos, intentando hacerse tan pequeña que pareciese que iba a desaparecer, pero no se quedó quieta, salió inmediatamente de allí. Salió del callejón pero aún recordaba aquellos oscuros ojos verdes, como los de una serpiente observando a su posible víctima, la había mirado como si pretendiese ver a través de ella, como si viese su alma...le ponía los pelos de punta tan solo el recuerdo.
Emprendió el camino de vuelta al orfanato, sólo desde allí sabía guiarse a donde Patrick estaba. De repente vió la sombra del lobo de nuevo, pero no miraba hacia ella, miraba en la dirección de donde ella venía. Alisse se giró y vió a un perro que miraba furioso hacia ella desde la entrada al callejón del que había salido.
Tenía el morro afilado, las orejas en punta, era delgado y en ese momento le mostraba no una, si no dos amenazadoras filas de dientes. Tenía los ojos inyectados en sangre.
-¡Corre! -le dijo una voz desconocida en su cabeza, pero ella no era capaz de moverse, su cuerpo no respondía. -¡Vamos Alisse! -No sabía como aquella voz conocía u nombre pero esta vez su cuerpo si reaccionó y empezó a correr en dirección opuesta a dónde el perro se encontraba.
-¿Quien eres? -Le preguntó mentalmente la voz.
-¡Ahora no, pequeña! ¡Corre o será lo último que hagas! -le dijo al voz mientras no dejaba de perseguirla aquel perro...de ojos verdes.

Capítulo I (Patrick)


Un día nublado que, siendo mediados de verano, no debería de ser frío, en cambio aquel lo era. Dos figuras ligeramente encogidas se esforzaban en que no hubiese ni una rendija en sus abrigos por donde el gélido aire pudiera entrar.
-Apresuremonos un poco, estamos ya cerca de casa -dijo la que tenía el abrigo largo, aunque también se notaba que era más delgada que su acompañante.
-¡Tonterías! ¡No hay frío no hay dolor! -dijo el otro sacándose el abrigo -¡Atchu! -Inmediatamente se lo puso y cerró de nuevo.
-Dime ¿Tu piensas antes de hacer eso?
-Es evidente que no. Pero aún así, yo no necesito abrigarme tanto como tú. -respondió.
-¡Oh!¡Perdone usted joven Patrick -dijo haciendo una reverencia.
-Detesto ese nombre -dijo poniendo mala cara.
-Si no quieres que te llamen así, cambiate el nombre -dijo ella tranquilamente.
-Como si pudiera. Nadie puede cambiarse el nombre. Los guardias me lo harían pagar y cambia de nuevo. ¿No ves que registran los nombres de todos los habitantes vivos? Si uno se cambia el nombre, tendrían que modificar todos los archivos, y ellos odian que les den trabajo.
-Puede ser. Pero bueno -dijo la acompañante de Patrick -Entonces tendrás que acostumbrarte.
-Qué remedio.
Se pararon frente a un edificio medio derruido. Lo miraron y caminaron hacia él, lentamente, cabizbajos hasta la entrada. Empujaron despacio la puerta y entraron en el frío edificio.
El orfanato no era el mejor lugar en el que vivir, pero nadie lo usaba ya, los que allí vivían no habían sobrevivido al invierno pasado, las gripes y fiebres les hicieron parecer.
-¿Dónde dejaste las cosas ayer? -Preguntó Patrick mientras buscaba en el primer piso.
-En el sótano, creo. -No sé, déjame dejar esto en algún sitio y ahor buscamos. Lo encontró apoyado en la pared tallando un pequeño trozo de madera sin demasiado éxito, nunca se le había dado demasiado  bien.
La puerta del sótano llevaba rota desde antes de que llegaran, la habían destrozado completamente, desde dentro.
Alisse y él habían usado los restos días atrás para hacer un fuego en el comedor y ahuyentar el frío.
Pocas veces habían bajado al sótano, lo usaban como almacén pero no solían bajar más de una vez a la semana. Ninguno de los dos sabría decir por qué, pero allí había algo oscuro y peligroso, aunque ellos no habían visto nada extraño.
Cogieron una lámpara de aceite y comenzaron a bajar lentamente las escaleras, lo único que rompía aquel sepulcral silencio eran los crujidos de la madera de las viejas escaleras bajo sus piés. Una vez abajo, echaron un vistazo a su alrededor.
-¿Donde dejaste los libros ayer? -Preguntó Patrick.
-¿Era eso lo que buscabas?¡Boh! -Alisse parecía algo molesta -Cuando dijiste las cosas, pensé que hablabas de lo otro...Los libros están en el segundo piso, en la estantería. Aquí hay demasiada humedad para ellos.
-Esta bien. ¿Tu necesitarás algo aquí? -respondió echando otro vistazo.
-No. Así que subamos de una vez. Este sitio me pone los pelos de punta. -Alisse comenzó a subir las escaleras lentamente.
-Esta tarde pensaba ir a donde siempre, a ver si encuentro algo útil, ven conmigo, a ver si encontramos una puerta para el sótano. estoy harto de tenerlo abierto.
-Me parece bien. Estoy de acuerdo contigo, nos reuniremos allí, tengo algo que hacer antes. -Alisse se fué a otra habitación y volvió con el abrigo puesto de nuevo. -Me voy, nos vemos donde siempre dentro de un par de horas.
-De acuerdo, adiós. -Patrick empezó a subir las escaleras al segundo piso y entró por la tercera puerta, se acercó a una pequeña y destartalada estantería junto a la ventana. Buscó entre los pocos libros que había y escogió uno de lomo prácticamente descolorido aunque aún podía notarse el color rojizo que había tenido originalmente.
El lomo decía: "Interpretación de los sueños". Lo abrió y empezó a pasar las páginas en busca del capítulo que buscaba. Al no dar con él, volvió al índice para localizar la página exacta. En el índice ponía que empezaba en la página 158, por lo que fué directamente a ella, pero al llegar...
-No está -Patrick estaba perplejo. Se paró las páginas y miró entre ellas. Había restos de papel. -Alguien ha arrancado el capítulo sobre los sueños de animales. Tendré que buscar otro ejemplar -dijo decepcionado.
Metió la mano en uno de los bolsillos del pantalón y sacó un mapa excesivamente doblado y lo desplegó en el suelo. Puso el dedo sobre un cuadro que representaba el orfanato y luego el índice de la otra mano en el lugar al que quería llegar, fue recorriendo el camino con el dedo, esquivando las calles bloqueadas por la nieve.

Prólogo


Era una lúgubre noche sin luna, sin la luz  de las estrellas que eran bloqueadas por las negras nubes. Las sombras se adivinan de todo cuanto permanecía bajo el nocturno cielo, tornando a inocentes árboles deshojados en terribles monstruos sedientos de sangre, a solitarios paseantes en aparentes perseguidores con nefastas, y quizás mortales, intenciones.
Pero había algo que no podía tornarse en nada peor. Tan sólo podía aumentarse el miedo que, ya de por sí, infundía.
Era la llamada "Catedral de las almas". Solo se usaba en noches como aquella, noches sin luna, del cielo negro y posibilidades aún más oscuras. Del interior llegaba un ruido amortiguado por las gruesas puertas que bloqueaban la entrada. Eran dos voces, dos voces jóvenes, de apenas unas semanas de vida.
Dos niños eran sostenidos, en manos de dos figuras encapuchadas, ante un altar y otras dos figuras ataviadas de la misma forma. Estas dos últimas figuras ataviadas de la misma forma. Estas dos últimas figuras, portaban dos hierros al rojo vivo, sacados de las brasas que iluminaban la estancia, proyectando las sombras de los hierros en las paredes. Un cuervo y un lobo.
Un silencio sepulcral. Dos alaridos de dolor seguidos de llantos aún más fuertes que antes. Las figuras apagaron las hogueras y atravesaron las sombras que, las escasas brasas que aún ardían proyectaban en la pared tras el altar, llevando en brazos a los niños. De esa forma las misteriosas figuras desaparecieron y esos dos jóvenes quedarían marcados para siempre.

Marcas que les cambiarían la vida, que podrían haber llevado. De no haber nacido en aquel infierno.