miércoles, 15 de junio de 2016

Prólogo


Era una lúgubre noche sin luna, sin la luz  de las estrellas que eran bloqueadas por las negras nubes. Las sombras se adivinan de todo cuanto permanecía bajo el nocturno cielo, tornando a inocentes árboles deshojados en terribles monstruos sedientos de sangre, a solitarios paseantes en aparentes perseguidores con nefastas, y quizás mortales, intenciones.
Pero había algo que no podía tornarse en nada peor. Tan sólo podía aumentarse el miedo que, ya de por sí, infundía.
Era la llamada "Catedral de las almas". Solo se usaba en noches como aquella, noches sin luna, del cielo negro y posibilidades aún más oscuras. Del interior llegaba un ruido amortiguado por las gruesas puertas que bloqueaban la entrada. Eran dos voces, dos voces jóvenes, de apenas unas semanas de vida.
Dos niños eran sostenidos, en manos de dos figuras encapuchadas, ante un altar y otras dos figuras ataviadas de la misma forma. Estas dos últimas figuras ataviadas de la misma forma. Estas dos últimas figuras, portaban dos hierros al rojo vivo, sacados de las brasas que iluminaban la estancia, proyectando las sombras de los hierros en las paredes. Un cuervo y un lobo.
Un silencio sepulcral. Dos alaridos de dolor seguidos de llantos aún más fuertes que antes. Las figuras apagaron las hogueras y atravesaron las sombras que, las escasas brasas que aún ardían proyectaban en la pared tras el altar, llevando en brazos a los niños. De esa forma las misteriosas figuras desaparecieron y esos dos jóvenes quedarían marcados para siempre.

Marcas que les cambiarían la vida, que podrían haber llevado. De no haber nacido en aquel infierno.

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