Pasaron dos días y aquel extraño hombre y su perro aún no había vuelto, mientras que Patrick, increíblemente, y a estaba recuperado por completo. Él y Alisse llevaban desde el incidente pensando en qué podían hacer.
-Lo primero -dijo Patrick -debería ser llevar algo siempre encima con lo que defendernos. Tú, por ejemplo, tuviste que correr desde la biblioteca hasta aquí porque no tenías con qué defenderte.
-Podemos usar las maderas del otro día, al menos por ahora, y para llevarlas...no sé... quizás podríamos buscar unas tiras de cuero o unas cuerdas -dijo Alisse pensativa -creo que hay algunas por aquí.
-Busquemoslos -dijo Patrick -de todas formas llamarían mucho la atención, aunque sé cómo solucionarlo. Busca las tiras de cuero, y ten cuidado por si vienen mientras no estoy. Espero no tardar.
-De acuerdo -dijo Alisse buscando en los cajones de los pocos muebles que había y entre los restos que habían ido acumulando.
Patrick salió silenciosamente del edificio y tras revisar que no había nadie observándole, emprendió una silenciosa carrera por la calle en dirección al único río que había en toda la ciudad. Cruzó por el puente, siempre atento, y observando cuidadosamente.
No tardó mucho en llegar ante el monasterio cuya campana sonaba y se hacía escuchar en toda la ciudad, señalando el inicio de las oraciones de la mañana. Patrick sabía que aquel monasterio contaba con una puerta trasera que casi nunca se usaba, sobretodo, durante las oraciones, no era la primera vez que entraba a hurtadillas, ni tampoco sería la última.
Mientras la gente entraba, los monjes permanecían distraídos o observándoles y hablando con ellos, por lo que Patrick aprovechó para llegar a la puerta trasera del monasterio. Abrió la puerta y entró sin hacer ruido alguno. Todo estaba en penumbra, en cambio, él veía todo tan fácilmente como a la luz del día, por alguna razón siempre había visto perfectamente en la oscuridad. La sala en la que se encontraba era pequeña, concretamente era una pequeña cocina, echó un vistazo por encima y no vió nada interesante. Antes de nada, cogió una bolsa de cuero, la llenó de alimentos y algunos odres de agua, después, una vez llena, la dejó junto a la puerta.
Repasó mentalmente la distribución de los cuartos, los había memorizado en su última visita. Cuando recordó donde estaba lo que había ido a buscar, abrió silenciosamente la puerta, y salió al pasillo. No había nadie en el corredor, le llegaban los ecos de las oraciones provenientes del salón central. Siguió caminando por el pasillo, siendo especialmente silencioso al pasar por delante de las puertas. Pasó la primera, segunda, tercera, y entró en la cuarta, pegando la oreja en la puerta antes para asegurarse de que no había nadie.
Cerró la puerta tras de sí y se abrió el primero de los cuatro armarios que había, dos a cada lado. Sacó un hábito con capucha y se lo puso, luego sacó otro y lo dobló para esconderlo bajo el que llevaba puesto. Se colocó la capucha ocultando completamente su rostro y anudó fuertemente la cuerda que hacía de cinturón. Ya tenía lo que había ido a buscar así que volvió a la cocina, solo que ahora había una anciana monja cocinando de espaldas a la puerta.
Pasó por detrás de ella, cogió la bolsa de cuero y salió rápidamente por la puerta.
Inmediatamente escondió la bolsa bajo el hábito y se mezcló entre la gente que salía en procesión del monasterio. No podía creer en su suerte cuando la gente cruzó el puente, momento en el que se separó de la muchedumbre y emprendió la vuelta al orfanato, seguro de que nadie le prestaba atención.
Pasó por detrás de ella, cogió la bolsa de cuero y salió rápidamente por la puerta.
Inmediatamente escondió la bolsa bajo el hábito y se mezcló entre la gente que salía en procesión del monasterio. No podía creer en su suerte cuando la gente cruzó el puente, momento en el que se separó de la muchedumbre y emprendió la vuelta al orfanato, seguro de que nadie le prestaba atención.
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